Las voces de Sara Uribe y
de Su Xiaoxiao muestran territorios donde el idioma se enfrenta a la
imposibilidad del hallazgo del cuerpo, del pasado, de la historia.
Sara Uribe
Instrucciones
para contar muertos
Uno, las fechas, como los nombres,
son lo más importante. El nombre por encima del calibre de las balas.
Dos,
sentarse frente a un monitor. Buscar la nota roja de todos los periódicos en
línea. Mantener la memoria de quienes han muerto.
Tres, contar inocentes y culpables,
sicarios, niños, militares, civiles, presidentes municipales, migrantes,
vendedores, secuestradores, policías.
Contarlos a
todos.
Nombrarlos
a todos para decir: este cuerpo podría ser el mío.
El cuerpo
de uno de los míos.
Para no
olvidar que todos los cuerpos sin nombre son nuestros cuerpos perdidos.
Me llamo
Antígona González y busco entre los muertos el cadáver de mi hermano.
Pero ni rastro de fiera ni de perros que te
hubieran arrastrado para destrozarte. Donde antes tú ahora el vacío. Nadie
llamó para pedir rescate o amedrentarnos. Nadie dijo una sola palabra: como si
quisieran deshacerte aún más en el silencio.
Yo les hubiera agradecido que a donde
se lo hubieran llevado, mejor lo hubieran dejado muerto, porque al menos sabría
yo dónde quedó, dónde llorarle, dónde rezar. A lo mejor ya me hubiera
resignado.
Una mujer
intenta narrar la historia de la desaparición de su hermano menor. Este caso no
salió en las noticias. No acaparó la atención de ninguna audiencia. Se trata
sólo de otro hombre que salió de su casa rumbo a la frontera y no se le volvió
a ver. Otro hombre que compró un boleto y abordó un autobús. Otro hombre que
desde la ventanilla dijo adiós a sus hijos y luego esa imagen se convirtió en
lo único que un par de niños podrá registrar en su memoria cuando piensen en la
última vez que vieron a su padre.
Los días se
van amontonando, Tadeo, y hay que comprar el gas, pagar las cuentas y seguir
yendo al trabajo. Porque desde luego que a una se le desaparezca un hermano no
es motivo de incapacidad. A una le dicen en la sala de maestros cuánto lo
siento, ojalá que todo se resuelva, me apena mucho tu caso. Una es comidilla de
uno, o dos, o tres días, tal vez hasta una semana. Pero luego ese chisme se
vuelve viejo. La vida nunca detiene su curso por catástrofes personales. A la
vida no le importa si tu daño es colateral o no. La rutina continúa y tú tienes
que seguir con ella. Como en el metro, cuando la gente te empuja y la corriente
te arrastra hacia adentro o hacia afuera de los vagones. Cosa de segundos. Cosa
de inercias. Así voy flotando yo, Tadeo.
Así
transcurro cada mañana. Escucho el despertador y te pienso. Me meto a la
regadera y mientras el agua fría resbala por todo mi cuerpo, pienso en el tuyo.
Bajo a la cocina a hacer café y enciendo un cigarro. Sé que nunca te gustó que
no desayunara, pero desde que ya no estás no hay nadie que me regañe por no
hacerlo.
[
:
Todos vienen a ser sepultados vivos, los que han seguido
vivos, los que no se han vuelto, tal como ellos decretan, de piedra.
: Los que no se han
vuelto. Los que no se han vuelto.
: Ellos son sólo muertos
que vuelven para llevarte con los muertos.
: Todos vuelven. Son de
los mismos. De piedra. Todos. Vuelven. De piedra.
: Eres tú quien nos quiere del todo muertos.
Sara
Uribe, Querétaro, Qro., 1978. Desde 1996 radica en Tamaulipas. Licenciada en
Filosofía. Premio Regional de Poesía Carmen Alardín 2004, Premio Nacional de
Poesía Tijuana 2005 y Premio Nacional de Poesía Clemente López Trujillo 2005.
Becaria del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes en 2006-2007 y del
Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico en 2010 y 2013. Ha
publicado: Lo que no imaginas (2005),
Palabras más palabras menos (2006), Nunca quise detener el tiempo (2008), Goliat (2009), Siam (2012) y Antígona
González (2da edición, 2014). Poemas suyos han aparecido en publicaciones
periódicas y antologías de México, Perú, España, Reino Unido, Canadá y Estados
Unidos. Recién se publicó I never wanted
to stop time (2015), su primer libro en edición bilingüe.
Su Xiaoxiao
Natsu
no Hana
mi hermano vino a visitarnos
tras la muerte de papá, hiroshima olía a incienso
desde hacía una semana
él odiaba a las gallinas:
tres días antes de la explosión me encontré un par
de ellas
muertas, aún jóvenes, no quise preguntar
aunque apenas nos quedaba nada de comer
entonces, aquella mañana, el cielo azul eléctrico,
el silencio
no sonó ninguna de las alarmas
nada más despertar fui a revisar si la única
gallina que quedaba
se encontraba bien
al rato le oí salir de su habitación y entrar al
baño
en unos segundos la temperatura aumentó
terriblemente
a las 8h15 de la mañana la casa saltaba en pedazos
el azul se volvió negro y comenzó a fundirse
dentro de mi ojo derecho una montaña de plumas
flotaba
suspendida en el aire
mi marido murió un mes después y yo perdí el ojo
mi hermano regresó a tokio
mi hermano regresó a tokio
todo ocurrió mientras él estaba sentado en el
retrete, eso le salvó
primero el burbujeo de los días, confundiéndose con
las líneas de acero
el movimiento incesante o la parálisis: una
diferencia
de potencial como un despeñadero
después llegaba el rechazo ante el acto de escribir
de materializar
cualquier cosa por qué empeñarse
en extender esa capa de nata grasienta sobre las
cosas algo
en realidad absurdo y desagradable sin más
pretender con las palabras hacer
eso cuando las
cosas
acontecen
solas
rítmicamente
en el silencio
eso cómo decirlo
sólo hablando de cualquier otra cosa de algo ajeno
la pregunta era es posible evitarlo
es posible soportar los días masticando hojitas de
menta
no escribir olvidar todo eso
vaciar
se
residuos
caminaba anotando todos esos
lugares cerrados, las repeticiones de números
los códigos perdidos
asumió el pesado deber de
decir nada
sabía que se adentraba en una
vía muerta pero cada vez aceleraba más el paso
pronto empezó a hablar lenguas
incomprensibles
pero a nadie le fue dado el
don de responder
residuos eso era lo único que
teníamos
palabras deshechas flotando en
una inestable red de
pausas y silencios
sin principio ni fin sin
destinatario ni función
algo como una ciudad después
de un bombardeo
la ciudad vertedero
la ciudad generaba un entramado
cada vez
más espeso
fluidos que se solidificaban
atravesábamos los hilos
transparentes después
los hilos fríos
no pasaba nada en apariencia
pero muy
pronto se sentía el
desnivel
una densidad de luz distinta
para cada
estrato
experimento
todo comenzó a
descomponerse, y es cierto, al final no lograba controlar la tensión, las
mandíbulas apretadas como si pudiera masticar todas esas plantas aromáticas a
mi alrededor, quizá lo deseaba, sí, la retama el tomillo el tallo de sol que me
ciega, creí desmayarme al recogerlas, me dije intenta solamente observar el
lento devenir alrededor, aspirar el polvo de la invisibilidad
pero nada hay
más veloz que las metamorfosis del tiempo y del espacio en torno a mí, esos
paisajes gesticulando como monstruos, su persecución infinita, las horas
amontonándose grumosas
a esa sucesión
de lugares la llamaron hilo de tiempo hilo de voz hilo de algo a punto de
agotarse, una huida inútil donde siempre los otros reaparecen, yo transportaba
un saco con plantitas, los espacios eran: estrechos vagones subterráneos
cargados animales moribundos, un cuarto desnudo lleno de extintores, la calle
de las carnicerías, un tubérculo de pasillos y escaleras que crecen y se
entrelazan y se taponan, el jardín de las plantas salvajes, un piso sin
ventilar lleno de sábanas amontonadas, postigos cerrados por el miedo a la luz
y a la falta de luz, nuestras salas de experimentación
al cabo de los
días el olor del cilantro pudriéndose atrajo la atención de los vecinos,
quisimos encerrarnos con las plantas, en la cocina había un cazo con agua
hirviendo, no lográbamos interesarnos por nada más, era de noche y sólo se veía
la luz de la nevera vacía, era tan hermoso, pero entraron, no pudimos evitarlo,
lo destruyeron todo
Su Xiaoxiao (Madrid, 1989). También conocida como Su Xiaojun.
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