Las obras de
José María Cumbreño y de Luis Arturo Guichard comparten el gusto por las
fronteras, por lo conciso en su búsqueda de vastedades, por lo mestizo, por el
diálogo con tradiciones múltiples. En sus discursos existe una aparente
sencillez que permite entrever a dos hombres perfectamente acicalados dispuestos
para lidiar con sus listados de angustia y frustración.
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JOSÉ MARÍA
CUMBREÑO
La parte por
el todo
Todas las casas se construyen con presencias y ausencias.
El ladrillo que se pone será un muro.
El ladrillo que no se pone será una puerta.
Todas las casas se construyen con presencias y ausencias.
El ladrillo que se pone será un muro.
El ladrillo que no se pone será una puerta.
Cosas que me
sacan de quicio
Que en el supermercado sea yo la única que se ponga guantes para coger los tomates
y la fruta.
Las espabiladas que intentan colarse.
Que el gilipollas de turno me pregunte si me ha gustado.
Tener que depilarme las axilas.
Ir a ducharme y que no haya agua.
Haberlo organizado todo y que mi jefe me desbarate los planes en un minuto.
Que algún imbécil me suelte lo de lo nuestro no puede ser porque eres mucha mujer para
mí y tú te mereces algo mejor.
La regla (cuando viene).
La regla (cuando no viene).
Estar continuamente a dieta y que ni se note.
Los pelos en la bañera.
Los pelos en la cama.
Los pelos.
Seguir viviendo con mis padres.
Que un tío en la discoteca me pregunte la edad que tengo.
La cara que pone cuando se la digo.
Quemarme la lengua con el café.
El pestazo a tabaco en la ropa.
La resaca de los domingos por la mañana.
No acordarme de nada de lo que hice la noche anterior.
La talla de mis pantalones.
Que todavía me salgan granos.
Mirarme al espejo y preguntarme para qué coño voy al gimnasio.
Salir siempre en las fotos con los ojos cerrados.
Estas tetazas que tengo.
Que los novios de mis amigas me las miren cuando ellas van al servicio.
Mi nombre.
Los cereales con fibra.
Los cereales bajos en calorías.
Que mi madre me repita cada dos por tres que, como me descuide, se me va a pasar el
arroz.
Saber que encima tiene razón.
Las oposiciones.
Los anuncios de cremas contra la celulitis.
Cumplir años.
Ser incapaz de dejar de echar de menos al cabrón de Miguel.
Que en el supermercado sea yo la única que se ponga guantes para coger los tomates
y la fruta.
Las espabiladas que intentan colarse.
Que el gilipollas de turno me pregunte si me ha gustado.
Tener que depilarme las axilas.
Ir a ducharme y que no haya agua.
Haberlo organizado todo y que mi jefe me desbarate los planes en un minuto.
Que algún imbécil me suelte lo de lo nuestro no puede ser porque eres mucha mujer para
mí y tú te mereces algo mejor.
La regla (cuando viene).
La regla (cuando no viene).
Estar continuamente a dieta y que ni se note.
Los pelos en la bañera.
Los pelos en la cama.
Los pelos.
Seguir viviendo con mis padres.
Que un tío en la discoteca me pregunte la edad que tengo.
La cara que pone cuando se la digo.
Quemarme la lengua con el café.
El pestazo a tabaco en la ropa.
La resaca de los domingos por la mañana.
No acordarme de nada de lo que hice la noche anterior.
La talla de mis pantalones.
Que todavía me salgan granos.
Mirarme al espejo y preguntarme para qué coño voy al gimnasio.
Salir siempre en las fotos con los ojos cerrados.
Estas tetazas que tengo.
Que los novios de mis amigas me las miren cuando ellas van al servicio.
Mi nombre.
Los cereales con fibra.
Los cereales bajos en calorías.
Que mi madre me repita cada dos por tres que, como me descuide, se me va a pasar el
arroz.
Saber que encima tiene razón.
Las oposiciones.
Los anuncios de cremas contra la celulitis.
Cumplir años.
Ser incapaz de dejar de echar de menos al cabrón de Miguel.
Curso
práctico de invisibilidad
Para Álvaro Valverde
La invisibilidad
no constituye un estado objetivo. Depende más de quien observa que de lo
observado. Puede ser que el objeto en cuestión no absorba la luz, que tampoco
la refleje, que esté detrás de otro objeto (distinto al primero), que sea del
mismo color que el decorado, que se encuentre justo en el centro de la
oscuridad, que ocupe un punto ciego o que altere, como los camaleones, su
apariencia. El escapismo. La psicología del engaño. Hay microscopios que
permiten fotografiar un átomo y telescopios que captan el brillo de estrellas
muertas. El espejismo no es una simple ilusión óptica, ya que la combinación
del calor y el desierto no produce una imagen cualquiera, sino precisamente la
de aquello que el sediento viajero más desea. En el fondo, el público que
pagaba por ver a Houdini tratando de liberarse de aquel manojo de grilletes y
cadenas (aunque por supuesto no se atreviera a reconocerlo) no sabría decir si
prefería que lo lograra o que muriese en el intento.
Identidad
Durante años, la ropa que me he puesto la he heredado de mi hermano mayor.
Mi nombre me lo pusieron por mi abuelo.
El primer coche que conduje era de segunda mano.
La primera mujer que me besó ya había besado a otros.
La casa en la que vivo es de alquiler.
Todo lo que escriba ya lo habrá escrito alguien mucho antes y mucho mejor.
El hermano de mi hija no es hijo mío.
Su padre hace como si no lo fuera y quien no es su padre se esfuerza por aprender a serlo.
Durante años, la ropa que me he puesto la he heredado de mi hermano mayor.
Mi nombre me lo pusieron por mi abuelo.
El primer coche que conduje era de segunda mano.
La primera mujer que me besó ya había besado a otros.
La casa en la que vivo es de alquiler.
Todo lo que escriba ya lo habrá escrito alguien mucho antes y mucho mejor.
El hermano de mi hija no es hijo mío.
Su padre hace como si no lo fuera y quien no es su padre se esfuerza por aprender a serlo.
Bestiario
Álbum de familia
Álbum de familia
José María Cumbreño (Cáceres, 1972).
Ha publicado los poemarios Las ciudades
de la llanura (ERE, 2000), Árbol sin
sombra (Algaida, 2003, Premio Ciudad de Badajoz), Estrategias y métodos para la composición de rompecabezas (El
Bardo, 2008), Diccionario de dudas
(Calambur, 2009), Breve biografía
apócrifa de Walt Disney (Algaida, 2009, Premio Alegría / José Hierro), Genealogías (Luces de Gálibo, 2011), Made in China (De la luna libros, 2013)
y, en Portugal, la antología bilingüe Teorias
da ordem (Edições Sempre-em-pé, 2009). Es también autor del libro de
relatos De los espacios cerrados
(Fundación José Manuel Lara, 2006, Premio de Narrativa Breve Generación del
27); del ensayo literario Retórica para
zurdos (ERE, 2010); así como de los diarios Límites y progresiones (Baile del Sol, 2010) y La temperatura de las palabras (La Isla de Siltolá, 2013). Esa
misma editorial publicó en 2011 una antología de toda su obra con el título La parte por el todo.
LUIS
ARTURO GUICHARD
País sin
trenes
Nací en un país sin trenes.
Para mí eso de las ruedas
calentando los rieles,
el vapor enjundioso
a través de las montañas,
silbatos y gorro azul a la salida,
no era más que exotismo
de los libros europeos.
Quizá por eso no aprendí nunca
a medir las curvas y la tierra:
todas mis distancias son
rectas distancias de aire.
En mi país apenas hay peatones
(todo se resuelve con motores y sirenas)
así que siempre tuve desconfianza
de quienes quieren lucir
pies bien plantados en la tierra.
Después me hice aficionado a los caballos
que como todo el mundo sabe
son la forma intermedia del aire,
sin alas pero con los pies lejos del suelo.
Al final vine a descubrir los aeroplanos,
lo más cercano a una patria
para quienes nunca pudimos
apreciar la tierra.
Gracias a ellos aprendí a mirar
los trenes, las sirenas, los caballos
con el mismo asombro
con el que un mono
mira los aeroplanos.
Ahora viajo en tren lo más posible
para intentar recuperar todas las tierras
que he perdido en patrias de aire.
También nací en un país sin barcos,
pero esa es otra historia.
Nací en un país sin trenes.
Para mí eso de las ruedas
calentando los rieles,
el vapor enjundioso
a través de las montañas,
silbatos y gorro azul a la salida,
no era más que exotismo
de los libros europeos.
Quizá por eso no aprendí nunca
a medir las curvas y la tierra:
todas mis distancias son
rectas distancias de aire.
En mi país apenas hay peatones
(todo se resuelve con motores y sirenas)
así que siempre tuve desconfianza
de quienes quieren lucir
pies bien plantados en la tierra.
Después me hice aficionado a los caballos
que como todo el mundo sabe
son la forma intermedia del aire,
sin alas pero con los pies lejos del suelo.
Al final vine a descubrir los aeroplanos,
lo más cercano a una patria
para quienes nunca pudimos
apreciar la tierra.
Gracias a ellos aprendí a mirar
los trenes, las sirenas, los caballos
con el mismo asombro
con el que un mono
mira los aeroplanos.
Ahora viajo en tren lo más posible
para intentar recuperar todas las tierras
que he perdido en patrias de aire.
También nací en un país sin barcos,
pero esa es otra historia.
Calzada de
los Misterios
Qué misterio es una calle,
esa línea no muy recta
que comienza en una calle
y termina en otra calle,
pero nunca es igual a la anterior.
Qué difícil definirla
en su humilde uso,
tan difícil como definir
una gota de agua
cuyo uso es perderse
entre las otras.
Las calles pueden perderse
en los planos y encontrarse
a fuerza de suerte y homonimia,
pero rara vez se ganan,
pocos dicen “hoy atrapé
una calle nueva, mírala”.
Sólo coleccionan calles
los muy desesperados,
los completamente silenciosos,
los curtidos en la pérdida
de puentes y bahías.
Guardan sus calles
como una oración,
como un santo y seña
con el que ser recibidos
en la holgura maternal
de las calzadas.
Qué misterio es una calle,
esa línea no muy recta
que comienza en una calle
y termina en otra calle,
pero nunca es igual a la anterior.
Qué difícil definirla
en su humilde uso,
tan difícil como definir
una gota de agua
cuyo uso es perderse
entre las otras.
Las calles pueden perderse
en los planos y encontrarse
a fuerza de suerte y homonimia,
pero rara vez se ganan,
pocos dicen “hoy atrapé
una calle nueva, mírala”.
Sólo coleccionan calles
los muy desesperados,
los completamente silenciosos,
los curtidos en la pérdida
de puentes y bahías.
Guardan sus calles
como una oración,
como un santo y seña
con el que ser recibidos
en la holgura maternal
de las calzadas.
Periféricos
El jet lag, los husos, los cambios horarios,
llámalos como quieras, son en verdad rincones
de una casa a la que se vuelve de vez en cuando.
Buscas primero lo que dejaste la última vez,
ordenas un poco, deshaces la maleta.
Te asomas a la ventana si no puedes dormir,
te levantas a las cinco a ver los primeros coches
en el periférico. Siempre piensas lo mismo,
que eres tú el que va en ese Volkswagen al trabajo
y que quien te ve desde la ventana, ese turista,
no es más que un punto borroso, puesto
por error en una franja horaria
que no le corresponde: ya verás cómo
por la tarde, al hacer el viaje de regreso
ya estará dormido porque es de noche en su país,
y tú pasarás de largo en tu Volkswagen
deseando que caiga la noche en el tuyo.
El jet lag, los husos, los cambios horarios,
llámalos como quieras, son en verdad rincones
de una casa a la que se vuelve de vez en cuando.
Buscas primero lo que dejaste la última vez,
ordenas un poco, deshaces la maleta.
Te asomas a la ventana si no puedes dormir,
te levantas a las cinco a ver los primeros coches
en el periférico. Siempre piensas lo mismo,
que eres tú el que va en ese Volkswagen al trabajo
y que quien te ve desde la ventana, ese turista,
no es más que un punto borroso, puesto
por error en una franja horaria
que no le corresponde: ya verás cómo
por la tarde, al hacer el viaje de regreso
ya estará dormido porque es de noche en su país,
y tú pasarás de largo en tu Volkswagen
deseando que caiga la noche en el tuyo.
El piano
En casa tenemos un piano,
un piano enorme de concierto
que nadie sabe tocar.
Los invitados lo miran cuando entran
y luego nos miran las manos,
buscando en ellas un signo
de esa sensibilidad que no tienen.
También tenemos un ajedrez,
un ajedrez enorme de marfil
(o de algo parecido)
al que no encontramos otro sitio
que junto al piano.
Luego está el cuarto
con los caballetes plegados
y los pinceles que asoman
delatores de las cajas,
más allá un cuadro genealógico
de la Comedia humana
colgado en la pared, hierros
de un taller de encuadernación,
libros en sánscrito, folletos de gimnasia,
guías de viaje sin usar.
Tras venir unas cuantas veces
los invitados se vuelven amigos
y comienzan a mirar
todos esos vestigios
con cierta simpatía.
Los que vienen todavía más veces
acaban por tenerles incluso
el cariño por los proyectos abandonados
que les tenemos nosotros.
En casa tenemos un piano,
un piano enorme de concierto
que nadie sabe tocar.
Los invitados lo miran cuando entran
y luego nos miran las manos,
buscando en ellas un signo
de esa sensibilidad que no tienen.
También tenemos un ajedrez,
un ajedrez enorme de marfil
(o de algo parecido)
al que no encontramos otro sitio
que junto al piano.
Luego está el cuarto
con los caballetes plegados
y los pinceles que asoman
delatores de las cajas,
más allá un cuadro genealógico
de la Comedia humana
colgado en la pared, hierros
de un taller de encuadernación,
libros en sánscrito, folletos de gimnasia,
guías de viaje sin usar.
Tras venir unas cuantas veces
los invitados se vuelven amigos
y comienzan a mirar
todos esos vestigios
con cierta simpatía.
Los que vienen todavía más veces
acaban por tenerles incluso
el cariño por los proyectos abandonados
que les tenemos nosotros.
La mitad
A mitad del camino esperábamos
una soberbia lucha
para contar a nuestros hijos,
arrastrar al enemigo
con los tobillos horadados
entre el polvo de nuestros caballos.
O escribir un gran poema de abismos
y ascensos, como manda la tradición,
en el que poner nuestro largo trato
con la loba de la lujuria
y el león de la envidia.
O la promesa de una ciudad
tranquila en el horizonte,
en la que recorrer senderos arenosos
pronunciando discursos
de anciana sabiduría para los visitantes.
O al menos la mitad de algo, cualquier cosa
que se pudiera mostrar como trofeo
al más fiel de los amigos.
Pero a la mitad sólo estaba la mitad,
una llanura sin fronteras
en la que apenas podíamos
reconocernos a lo lejos.
A mitad del camino esperábamos
una soberbia lucha
para contar a nuestros hijos,
arrastrar al enemigo
con los tobillos horadados
entre el polvo de nuestros caballos.
O escribir un gran poema de abismos
y ascensos, como manda la tradición,
en el que poner nuestro largo trato
con la loba de la lujuria
y el león de la envidia.
O la promesa de una ciudad
tranquila en el horizonte,
en la que recorrer senderos arenosos
pronunciando discursos
de anciana sabiduría para los visitantes.
O al menos la mitad de algo, cualquier cosa
que se pudiera mostrar como trofeo
al más fiel de los amigos.
Pero a la mitad sólo estaba la mitad,
una llanura sin fronteras
en la que apenas podíamos
reconocernos a lo lejos.
Luis Arturo Guichard (Chiapas,
1973) vive en Salamanca (España) desde 1997. Una fe provisional (Liliputienses, España, 2013) reúne cinco libros
de poesía: Los sonidos verdaderos
(México, 2000), Nadie puede tocar la
realidad (Béjar, 2008), Versión aérea
(Girona, 2010), Campanas subterráneas
(México, 2012) y Margen de espejo
(Tenerife, 2013).
Selección - Jorge Posada

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