miércoles, 17 de diciembre de 2008

Leopoldo Lezama

Nació en la Ciudad de México en 1980.

Cursó la carrera de Lengua y Literatura Hispánicas en la UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México).

Ha trabajado como redactor para la revista Viento en Vela.

Además de la creación poética, cultiva el ensayo y el periodismo literario.

Paisaje de la semilla mágica1

El árbol asciende lentamente sobre la quietud de su forma, es una certeza de madera agrietada levantando sus brazos oscilantes en arcos suspendidos, rugosos, firmes desde donde se tropieza la intensa luz del día. El cielo azul, el llano solitario, un concierto de sombras que ejecuta el árbol, y a lo lejos la carretera pasea algunos autos casi invisibles. Arriba las nubes juegan a deshacerse de su forma, bajo los párpados cerrados crece la satisfacción de saberse inmiscuido en un orbe de presencias. Entonces la semilla mágica inaugura una nueva versión de los objetos: un leve dolor en el estómago, un mareo generalizado y la realidad comienza a andar con otros pasos, la realidad está emocionada, la realidad propone hechicerías y va desprendiendo figuraciones de su cuerpo excitado, formulando estados de sí misma en que todo es prodigio, en que todo se aventura a ser de nuevo. La forma reposaba en la paz de los contornos de su estado primero: un árbol, un camino, una piedra, una superficie, un objeto con un nombre y un sentido, un campo semántico de ventarrones, un conjunto de arborescentes signos. La semilla mágica crece, envenena los contornos, los filtra en su destilación silenciosa, los lleva hacia a una hermosa cuesta en que su solidez sale corriendo lejos, lejos, persiguiendo la secuencia de lo disforme, el complejo sistema que el delirio ejecuta. La forma se descobija, se desnuda, se desgaja en porciones de diseminado raciocinio. La forma va llegando casi a rastras, los segundos pasan tarde, las distancia es un sólo punto, una línea tensa diseñando la condensación de un instante único; el tiempo es un descanso de los limites en que todo transcurso se ha detenido para maravillarse, el tiempo es una especulación aérea, un sistema invertebrado, un movimiento deslizándose con energía de viento; el tiempo andaba creándolo todo como un viejo maestro, el tiempo andaba hambriento de grafías y de vocablos. Luego la forma se envilece, se asfixia, hay la necesidad de ver hacia todos lados, la realidad se observa por vez primera, germina de una matriz imaginaria, el árbol no es árbol, es tan sólo una presencia, un ente que emite radiaciones de luces y de solidez vibrante, es un canto elevado, una palpitación que nos configura de pronto en otro mundo.




1 Texto realizado con la influencia de la semilla de oyoyuki, o semilla de la virgen.

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