sábado, 27 de diciembre de 2008

Reseña, por Carmen Camacho.

Recital Chilango Andaluz 2007.

Estar, estar en un lugar, en un acontecimiento -en el Chilango Andaluz, por ejemplo-, es a veces sobre-estar; en ocasiones, es más bien sub-estar. En todo caso, siempre que ‘estamos’ permanecemos de un modo propio, ocupamos un lugar, allí ponemos nuestra consciencia y nuestra conciencia, así no se enjuicie a nada ni a nadie.

‘Estar’ debería dejar de ser un verbo intransitivo. Definitivamente. Muchas veces noto que necesita de un complemento directo, como lo puede tener el verbo ‘decir’ o el verbo ‘amar’. Ojalá algún día, no lejano, ‘estar’ se despierte y sea, además de irregular, un poquito transitivo. Sería una buena manera de eliminar, o conjugar, tantas parcialidades.

Digo todo esto y lo digo en relación con la 2ª Edición del Recital de Poesía Chilango Andaluz porque -debo confesar- no estuve entera, enteramente, ni aún en los días que acudí a los recitales. Hay ocasiones en que la consciencia se vuelca entera en las palabras, hay otras veces (en esta ocasión me sucedió) en que repartí mi atención entre los amigos, los encuentros, los hallazgos, las otras artes, el aguzar, sacar la oreja, el hambre, otra cerveza, el observar el trabajo y la presencia de algunas personas. Estoy pensando en Sandra Carvajal, toda ella era ganas. Ese empeño de ella era tan valioso, que a veces, lo siento muchísimo, perdí algún verso mirándola.

Trato desde esta parcialidad manifiesta, por tanto, de expresar con las mejores palabras lo que vi y escuché el lunes 22 y el miércoles 24 en la Carbonería y en la Sala El Cachorro. Va a medias, pues, esta breve reseña, de partida. Y de salida.

LUNES, 22 DE OCTUBRE DE 2007. LA CARBONERÍA.

El lunes 22, en la sala grande de la Carbonería, aquella de los taconeos a pares, la barra fue creciéndose de gestos que conozco. Gestos de gentes de la poesía y de otros ambientes aledaños. Poco a poco. La gente justa para un recital es la que tiene disposición para escuchar, así que estábamos los justos, incluso algunos pecadores. Me interesan los públicos que suele ser tan relevantes como el poeta, al menos para aquellos que creen en la necesidad de comunicación (que de eso se trata, sencillamente, el resto de efectismos, seguro, sobran). No hablo de público letradísimo, hablo más bien de quien se presta y se abre y escucha. Conforme fueron pasando los minutos, al público curioso, atento, se fue sumando el despiste de algún turista, que allí estaba y al que vi, en algún pasaje, extasiado.

Funcionaba pues, la voz humana de los poetas.

Iván Vergara anduvo a las máquinas, con ordenadores y trastos de esos, complicadísimos. Qué valor. Debieran dar con esos cacharros un vale por una noche fantástica, estrellada.

Los poetas. Mezcladamente, chilangos y andaluces, pusieron su letra en alto, no me cabe duda. Cayeron graves, muchas de ellas; cada poeta a su manera, que de eso se trata. Ahí anduvieron finos los organizadores, en aquello de seleccionar a los autores por su voz. Hablo de la voz poética, no de la otra, la física, que un poeta la que necesita de verdad es la primera. Destaco el cuidado, transmitido hasta en la forma de coger el libro, que tuvo Raúl Díaz Rosales. Horas después se escuchaba entre los públicos, ya cerveceados, que ‘Raúl estuvo dentro, se metió en el poema’, y eso llega. Del mimo en la palabra también anduvo amplio el mexicano Moisés Villaseñor, llegado desde Salamanca sólo –casi nada- para esto, para darse a leer. Eric Uribares, vuelvo a confesarme, se me escapó, cosa de la que me alegro. Y me explico: a causa de mi despiste en ese momento le he pedido a Iván Vergara que me pasara algunos versos de Uribares de contrabando. Los acabo de disfrutar, esa es la palabra.

Tengo que destacar, por el peso de la palabra –al contrario que con las cosas, las palabras que más pesan, vuelan, se alzan, es increíble…- la lectura realizada por tres miembros del colectivo La Palabra Itinerante. David Eloy Rodríguez, José María Gómez Valeroy David Franco pusieron sobre el escenario poemas (suyos y de otros poetas) incluidos en el Once Poetas Críticos de la Poesía Española Reciente (Baile del Sol, 2007). La singladura de los Once opera así, a pelo, esta vez sin micros, claros y como con las manos subiendo palabras (como si acaso hiciera falta). Frente al ‘Laburo Nero’ y otros engaños, poemas, poemas explicados de viva voz. No dejo de pensarlo, eso, que las palabras que más pesan, se alzan, es increíble…

No me olvido de Manuel González Mairena, poeta de Huelva, parte del grupo Chichimeca, que trajo en las palabras metidas en cariño, como quien las meti¡era en manteca. ¿O era, acaso, cariño metido en palabras, palabras-kinder, cosa así? No sé. Él, que tiene ganas y por eso todo lo puede, dio lo mejor de sí.

No me puedo olvidar de Francisco Lira, que prestó La Carbonería esa noche a poetas chilangos y andaluces. Anduvo entre la gente como acostumbra, atento, en todas sus acepciones. A la salida siempre queda él o, de pronto, desaparece. Esta noche saluda, y sin decir dice algo. Y lo dicho con la atención, en silencio, cómo no, siempre es digno de mención.

El camarero de la barra me invitó a otro botellín.

MIÉRCOLES, 24 DE OCTUBRE. SALA EL CACHORRO

El miércoles 24, llegué tarde y bien. La ensaladilla rusa, soviética quizás, del bar de enfrente tardaba. Me perdí, por un ‘no sólo de palabras vive el hombre, aunque algunas veces se las tenga que tragar’ la intervención de varios poetas. La Sala El Cachorro se presta a los encuentros, después de presenciar allí el ciclo Poesía en Resistencia (allá por 2005) no me cabe la menor duda. Esta vez me esperaba el encuentro con María Eloy García, con quien mantenía contacto desde hace tiempo gracias a las proezas del offset y del ADSL. Allí estaba. Más cerveza. Conversaciones con Borja de Diego, fuera. Lo sentí contento y algo cansado (la poesía ¿es labor? Esta vez sí). Conmigo –yo con él- estaba Nacho Montoto, que ese día no recitaba, y no por eso, se vino de vacío: Nacho traía consigo una conversación estupenda y el Arde Abril de Ángela Jiménez, editado por el Colectivo Caín.

Llegué tarde, decía, pero a tiempo para escuchar el hallazgo: José Antonio Padilla Pérez. No está bien comparar, está claro, pero de nuevo las palabras pesaban, y pesaban con una caída que nos recordó a más de uno a Benito del Pliego. En el peso, sobre todo –de nuevo palabras al alza- en la calidad de lo que se dice y queda.

Merece cuenta atrás, hasta llegar a cero, los aforismos de Padilla, a la altura de los que soltó Ory, o Ramón, o Porchia. Un rato más tarde hablamos de ello, con mirada larga al botellín de cerveza y de nuevo una nueva idea, un nuevo autor, un cúmulo, un placer, la poesía y el trato con el poeta.

Iván Vergara. He podido leer en varias ocasiones a Iván. Leerle es grato, tiene la palabra y la utiliza con la propiedad de quien teje, hila o siembra. Eso mismo pudo verse en El Cachorro, palabras de poeta, que, en estas circunstancias, es lo que más importa –dar la vuelta a la letra, y allí-.

Acabo con María Eloy García, que cerró la noche con la declamación que sólo ella. La puesta en pie de las palabras de María es peculiarísima, sólo de ella, de allí las faldas levantadas. Tras ella no cabe duda: el interés de transmitir, de comunicar, va más allá de las palabras. Al rato, más tarde, tras los aplausos, María sigue, eterna, mirando por el ojo patio. Su mundo atañe a las cajeras, al nervio interpretativo y a los botellines de cerveza. Vuelve a dar un trago y gesticula así, contándole algo a Padilla, luego ríe con Antonio Barquero. Queda la escena atrás, avanzo rápida calle castilla adelante con la cara de quien ha tenido encuentros y hallazgos que alivien la ignorancia. Y ensaladilla rusa trasnochada (otra más). Contra los ataques incontrolados de todo lo que tenga su salsa.

Carmen Camacho.
http://www.carmencamacho.net/

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