martes, 4 de agosto de 2015

Interacción Poética #05 MEXES






Las voces de Sara Uribe y de Su Xiaoxiao muestran territorios donde el idioma se enfrenta a la imposibilidad del hallazgo del cuerpo, del pasado, de la historia. 



Sara Uribe



Instrucciones para contar muertos

Uno, las fechas, como los nombres, son lo más importante. El nombre por encima del calibre de las balas.

Dos, sentarse frente a un monitor. Buscar la nota roja de todos los periódicos en línea. Mantener la memoria de quienes han muerto.

Tres, contar inocentes y culpables, sicarios, niños, militares, civiles, presidentes municipales, migrantes, vendedores, secuestradores, policías.

Contarlos a todos.

Nombrarlos a todos para decir: este cuerpo podría ser el mío.

El cuerpo de uno de los míos.

Para no olvidar que todos los cuerpos sin nombre son nuestros cuerpos perdidos.

Me llamo Antígona González y busco entre los muertos el cadáver de mi hermano.






Pero ni rastro de fiera ni de perros que te hubieran arrastrado para destrozarte. Donde antes tú ahora el vacío. Nadie llamó para pedir rescate o amedrentarnos. Nadie dijo una sola palabra: como si quisieran deshacerte aún más en el silencio.

Yo les hubiera agradecido que a donde se lo hubieran llevado, mejor lo hubieran dejado muerto, porque al menos sabría yo dónde quedó, dónde llorarle, dónde rezar. A lo mejor ya me hubiera resignado.





Una mujer intenta narrar la historia de la desaparición de su hermano menor. Este caso no salió en las noticias. No acaparó la atención de ninguna audiencia. Se trata sólo de otro hombre que salió de su casa rumbo a la frontera y no se le volvió a ver. Otro hombre que compró un boleto y abordó un autobús. Otro hombre que desde la ventanilla dijo adiós a sus hijos y luego esa imagen se convirtió en lo único que un par de niños podrá registrar en su memoria cuando piensen en la última vez que vieron a su padre.





Los días se van amontonando, Tadeo, y hay que comprar el gas, pagar las cuentas y seguir yendo al trabajo. Porque desde luego que a una se le desaparezca un hermano no es motivo de incapacidad. A una le dicen en la sala de maestros cuánto lo siento, ojalá que todo se resuelva, me apena mucho tu caso. Una es comidilla de uno, o dos, o tres días, tal vez hasta una semana. Pero luego ese chisme se vuelve viejo. La vida nunca detiene su curso por catástrofes personales. A la vida no le importa si tu daño es colateral o no. La rutina continúa y tú tienes que seguir con ella. Como en el metro, cuando la gente te empuja y la corriente te arrastra hacia adentro o hacia afuera de los vagones. Cosa de segundos. Cosa de inercias. Así voy flotando yo, Tadeo.

Así transcurro cada mañana. Escucho el despertador y te pienso. Me meto a la regadera y mientras el agua fría resbala por todo mi cuerpo, pienso en el tuyo. Bajo a la cocina a hacer café y enciendo un cigarro. Sé que nunca te gustó que no desayunara, pero desde que ya no estás no hay nadie que me regañe por no hacerlo.






[

:
Todos vienen a ser sepultados vivos, los que han seguido vivos, los que no se han vuelto, tal como ellos decretan, de piedra.

: Los que no se han vuelto. Los que no se han vuelto.

: Ellos son sólo muertos que vuelven para llevarte con los muertos.

: Todos vuelven. Son de los mismos. De piedra. Todos. Vuelven. De piedra.

: Eres tú quien nos quiere del todo muertos.



Sara Uribe, Querétaro, Qro., 1978. Desde 1996 radica en Tamaulipas. Licenciada en Filosofía. Premio Regional de Poesía Carmen Alardín 2004, Premio Nacional de Poesía Tijuana 2005 y Premio Nacional de Poesía Clemente López Trujillo 2005. Becaria del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes en 2006-2007 y del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico en 2010 y 2013. Ha publicado: Lo que no imaginas (2005), Palabras más palabras menos (2006), Nunca quise detener el tiempo (2008), Goliat (2009), Siam (2012) y Antígona González (2da edición, 2014). Poemas suyos han aparecido en publicaciones periódicas y antologías de México, Perú, España, Reino Unido, Canadá y Estados Unidos. Recién se publicó I never wanted to stop time (2015), su primer libro en edición bilingüe.






Su Xiaoxiao








Natsu no Hana

mi hermano vino a visitarnos
tras la muerte de papá, hiroshima olía a incienso
desde hacía una semana

él odiaba a las gallinas:
tres días antes de la explosión me encontré un par de ellas
muertas, aún jóvenes, no quise preguntar
aunque apenas nos quedaba nada de comer
entonces, aquella mañana, el cielo azul eléctrico, el silencio
no sonó ninguna de las alarmas
nada más despertar fui a revisar si la única gallina que quedaba
se encontraba bien
al rato le oí salir de su habitación y entrar al baño

en unos segundos la temperatura aumentó terriblemente
a las 8h15 de la mañana la casa saltaba en pedazos
el azul se volvió negro y comenzó a fundirse
dentro de mi ojo derecho una montaña de plumas flotaba
suspendida en el aire

mi marido murió un mes después y yo perdí el ojo
mi hermano regresó a tokio
todo ocurrió mientras él estaba sentado en el retrete, eso le salvó






primero el burbujeo de los días, confundiéndose con las líneas de acero
el movimiento incesante o la parálisis: una diferencia
de potencial como un despeñadero
después llegaba el rechazo ante el acto de escribir de materializar
cualquier cosa por qué empeñarse
en extender esa capa de nata grasienta sobre las cosas algo
en realidad absurdo y desagradable sin más pretender con las palabras hacer
eso cuando las cosas
acontecen
solas
rítmicamente
en el silencio
eso cómo decirlo sólo hablando de cualquier otra cosa de algo ajeno
la pregunta era es posible evitarlo
es posible soportar los días masticando hojitas de menta
no escribir olvidar todo eso
vaciar

se




residuos

caminaba anotando todos esos lugares cerrados, las repeticiones de números
los códigos perdidos
asumió el pesado deber de decir nada
sabía que se adentraba en una vía muerta pero cada vez aceleraba más el paso
pronto empezó a hablar lenguas incomprensibles
pero a nadie le fue dado el don de responder

residuos eso era lo único que teníamos
palabras deshechas flotando en una inestable red de
pausas y silencios
sin principio ni fin sin destinatario ni función

algo como una ciudad después de un bombardeo




la ciudad vertedero

la ciudad generaba un entramado cada vez
más espeso
fluidos que se solidificaban
atravesábamos los hilos transparentes después
los hilos fríos

no pasaba nada en apariencia pero muy
pronto se sentía el
desnivel
una densidad de luz distinta para cada
estrato






experimento

todo comenzó a descomponerse, y es cierto, al final no lograba controlar la tensión, las mandíbulas apretadas como si pudiera masticar todas esas plantas aromáticas a mi alrededor, quizá lo deseaba, sí, la retama el tomillo el tallo de sol que me ciega, creí desmayarme al recogerlas, me dije intenta solamente observar el lento devenir alrededor, aspirar el polvo de la invisibilidad

pero nada hay más veloz que las metamorfosis del tiempo y del espacio en torno a mí, esos paisajes gesticulando como monstruos, su persecución infinita, las horas amontonándose grumosas

a esa sucesión de lugares la llamaron hilo de tiempo hilo de voz hilo de algo a punto de agotarse, una huida inútil donde siempre los otros reaparecen, yo transportaba un saco con plantitas, los espacios eran: estrechos vagones subterráneos cargados animales moribundos, un cuarto desnudo lleno de extintores, la calle de las carnicerías, un tubérculo de pasillos y escaleras que crecen y se entrelazan y se taponan, el jardín de las plantas salvajes, un piso sin ventilar lleno de sábanas amontonadas, postigos cerrados por el miedo a la luz y a la falta de luz, nuestras salas de experimentación

al cabo de los días el olor del cilantro pudriéndose atrajo la atención de los vecinos, quisimos encerrarnos con las plantas, en la cocina había un cazo con agua hirviendo, no lográbamos interesarnos por nada más, era de noche y sólo se veía la luz de la nevera vacía, era tan hermoso, pero entraron, no pudimos evitarlo, lo destruyeron todo



Su Xiaoxiao (Madrid, 1989). También conocida como Su Xiaojun.




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