sábado, 27 de diciembre de 2008

Poeta Pluscuamperfecto 8

De origen desconocido.

Presunto asesino de los Poetas Luchadores.

Se le conoce por su manifiesto Guerrillero.



Manifiesto Guerrillero



Era una guerra, una que servía para levantar distancias y que nutría su existencia con el placer del espejo ante el rostro de sonrisa idiota. Era una guerra y éramos más de cien los jugadores que apostábamos por ella, cargábamos el fusil esgrimiendo la pluma fuente y las granadas eran nombres que llevábamos como salvaguarda: Nerval, Cuesta, Séneca, Podoski, Pizarnik, Casariego,

Preparamos el campo de batalla y llevamos con nosotros a un puñado de inocentes a escuchar nuestro verbo: el verbo alegre, el volátil, el que poco sabía de cuerpos con la pureza del frío, esgrimidos sobre el campo de batalla; el verbo exaltado por una bandera, la del nombre más precario: poesía.

Supimos por aquel entonces un poco más de algunas otras batallas, donde jóvenes militantes se autonombraban vanguardia y repetían los excesos de Napoleón. Nunca nos fue claro si llegaron a perder la plaza, eran demasiados y su ceguedad tan profunda que todo lo miraban como oro, como mirra, como reyes.

Seguimos avanzando por campos que había visto otras guerras y el enemigo era otro, pero era la necedad que soldados como nosotros llevábamos en la mochila como lastres. Nuestras raciones: el sombrero, el bastón, la quimera y el tabaco.

A falta de tres días de llegar a nuestro destino, compañeros abandonaron el equipaje para acomodarse en villas a escribir sus memorias, para cuidar niños de madres viudas, para arrojarse al mar desde un yate, para dirigir institutos y abrir sus arcas; esperaban algo con tal fe, que supe entonces habrían dado formidable combate. Éramos nosotros los ciegos y ninguna bala dañaría al enemigo, aquel que nos esperaba en la ladera. El diablo de estantería era nuestro reflejo.

Comenzó la guerra. ¡Tanta letra!, ¡Tantos verbos muertos sobre el campo! ¡Tanto camarada cayendo sobre sauces perfectos y sobre ellos, gatos montados en hojarasca, gatos atentos a bebernos, gatos titanes que aullaban alto, gatos que ronronearon nuestras muertes.

Quienes avanzaban gritaban sus últimos suspiros, versos intrínsecos, versos infrarreales, versos sureños, versos dálmatas, versos estridentes, versos revolucionarios, versos rojos, versos subterráneos, versos de río, versos milimétricos, versos retóricos, versos versos y versos opacos.

Y nada golpeó

Nada dio en el blanco,

Vi que ni siquiera se acercaron,

Ni siquiera inmutaban a la bestia,

Y moríamos, simplemente moríamos que era lo mejor que podíamos hacer, algunos por mano propia y el método siempre era irrepetible y variado: ahorcamientos, balazos, corte de carnes, pastillas, sogas, acantilados, incluso una farola traída de París, incluso con tiempo para cercenar los huevos, incluso cantando al despedirse, incluso en los brazos de la amante, incluso de manera poética (todos lo envidiaron), incluso prendieron hogueras y muchos dudaron en aventarse, fue un primer valiente y luego la vergüenza condujo al segundo e indefinidamente. Seguimos el juego a la muerte inspirados, disparando uno, dos, cinco versos más, hubo quién finalizó su gran arsenal de versos justo antes de ahorcarse, hubo quien en su carta de despedida corrigió el modo de disparar su fusil, hubo quien destruyó toda su munición y fue por mi el más admirado, hubo quien envió sus balas por correo urgente junto con un autógrafo, fotografía, biografía y un ciento de nuevas escopetas que resultaron más inofensivas que un perdigón.

Ninguno de nosotros llegó siquiera a pisar tierra de nadie, supe entonces y no me avergüenza decirlo, que no tenía la fe necesaria para convertirme en sol negro, en cangrejo mascota, en célebre lunático, en una grotesca firma de sangre sobre el muro, o en uno de esos bravísimos soldados que desaparecieron en lejanas islas o en el fuego que consumió su obra.

Supe que era tal mi fe por algo más que sin saber a qué me dedicaría o a qué me atendría , lo mío era otra vida, otro estado de lucha, otra la batalla donde caer.

Así que vine a esta butaca, a un lado de la puerta de Sol, donde cada mañana pido el mismo café, conozco a los parroquianos y alguno incluso sabe mi nombre, me enamoré alguna vez más y no fui ya el soldado que se encargaba de herir a la bestia.

Me dediqué a mirar la vida, a ver a quienes pasan y amarlos simplemente por ello.

Poeta pluscuamperfecto 8

21 de febrero del 2008

Posted by Picasa

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