miércoles, 17 de diciembre de 2008

Cintia Calderón Bustamante

Nació la mañana del 31 de agosto de 1980 en la colonia Doctores de la Ciudad de México, en un hospital que habría de derrumbarse en el gran terremoto de 1985, donde rescatarían con vida a tres recién nacidos después de estar sepultados bajo los escombros durante siete días.

Aún vive en esa ciudad y quizá no pueda vivir en otra parte.

En la Universidad Nacional Autónoma de México cursó sus estudios de licenciatura y maestría en Letras.

En su primera tesis trabajó el movimiento de vanguardia mexicana llamada Estridentismo, mientras que en la segunda estudia a una importante escritora mexicana de la generación de Medio Siglo: Inés Arredondo.


Escribe poesía desde hace muchos años, la cual ha sido publicada en algunas revistas electrónicas.

El silencio, roído en entremeses

por sus esquinas menos ateridas,

estuvo incólume entre los dos

y cortante,

pero fiel reflejo de tu mirada depuesta

y de mi deseo sin amparo y cuidado.

Había lluvia cayendo atrás de tu silueta,

formando mares cautos que en esa isla

naufragados nos dejaron.

Ni sonrisas ni denuedos,

sólo un ceñudo rostro plomizo y encabilado.

Qué había más allá del momento que estallaba;

qué preciso mecanismo se rompía

en ese instante

y nos dejaba, estáticos,

a los dos arrojados

en ese acaecer

de nubes y de puentes,

pero no de milagros.

Ni había más que explanada

sin jardines ni huertos.

Y en realidad todo era un juego

y entre los dos

lo olvidamos.

Y aquí empieza la historia:

Mañana es la promesa,

mañana es lo que cae del dosel a la puerta

y te engulle los pies cuando en la oscuridad

hacia el lecho avanzas y desciendes;

es la promesa, que de tiempo en tiempo, se fue acumulando

de encuentros que se rompían

en el estupor sucedáneo y la timidez continente.

Y parece que sigue el momento que pasa,

pero sigo adelante y tú atrás no me sigues.

Qué más da que salgas a la luz,

si la luz se ha perdido.

A dónde levantas la mirada, espejo de paredes convexas,

si los dos ya sabemos, en esta hora silente,

que más allá no hay nada.

Y de regreso, y de regreso

retrocedes.

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