viernes, 4 de marzo de 2011

Manuel Pérez-Petit. Segunda publicación Americana (I)

A modo de saludo y prólogo

Manuel Pérez Petit es un personaje atípico. Poeta antes que nada, pero también animador cultural, un hombre de insaciable curiosidad y vasta cultura, de muchas lecturas pero también de muchas músicas y artes, con una irrefrenable tentación por la vanguardia allí donde esté naciendo, pero con esa pulsión clásica que deja que el idioma respire por los metros de la memoria. De esas dos tendencias del alma, que en él no son contradictorias, hay cumplida muestra en el libro que hoy tengo el honor de prologar. Y que, antes que nada, hay que decir que es un libro de amor.

Le conocí hace varios años, quizá cinco, quizá seis –el tiempo pasa deprisa, Manuel, y deja descolocadas las fechas- a poco de instalarme en el madrileño Barrio de las Letras. Allí regentaba Manuel una tertulia interartística, interdisciplinar, y allí tuve noticia de sus versos caudalosos. En aquel ambiente fraternal y, hay que decirlo, un poco bohemio. Luego me ha ido teniendo al día de sus trabajos, pese a la distancia que ha querido establecer, con el Océano por medio, y gracias a las nuevas tecnologías, de cuya magnitud y belleza en el mundo del arte es convencido apóstol. Porque Manuel ha querido exilarse a México, haciendo el viaje inverso al mío, cruzando el mismo mar, yo de Argentina a España, él de Madrid a México, en este su segundo exilio. Su ciudad natal, Sevilla, aparecerá a menudo en Creo en los milagros, en forma de frutas, de aromas, de músicas, y hasta de esa vocación marina que tiene la que fue puerto mayor de Andalucía, aunque lo fuera de río. Pero cuando su poesía piensa el exilio, que es uno de sus grandes temas, algo nos hace saber que está hablando de una categoría metafísica, del estar fuera de sí que muestra una vena mística sutil pero omnipresente.

Porque la patria del poeta es la lengua. La patria del poeta es la poesía. Y sobre ese quehacer que es un don, reflexiona Pérez Petit dentro de los propios poemas: la modernidad lo exige. Exige ese constante pensamiento en torno a la lengua, en torno a la forma, en torno a la expresión poética.
No sólo cuando hace metapoesía: también cuando juega con el verso y con la tipografía, cuando diluye las líneas o cuando llega al versículo, cuando se deja llevar por los ritmos endecasilábicos, por ejemplo, o fuerza las rimas tradicionales en medio de poemas rigurosamente blancos…. Nada está dejado al azar. Y todo conviene al tema al que me referí al principio: el amor, cuyos movimientos a juego con la muerte, persigue el poeta como columna vertebral de su producción. Desde el amor, la muerte, el exilio, la paternidad, el desengaño, la soledad…. Desde el amor, el mar, algo más que naturaleza y también naturaleza. Y el paisaje, y las tierras y la tierra.

Es este un libro complejo que reúne textos de distintas series, escritos por el poeta de 1985 a hoy, seleccionados entre una producción envidiablemente amplia. Vaya mi saludo a Creo en los milagros, con mis mejores votos: estoy seguro de que será digna presentación en tierras mexicanas, y que será sólo el primero.

Marcos-Ricardo Barnatán.
Madrid, Enero de 2011.



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