lunes, 15 de diciembre de 2008

Martin del Castillo

José Martín del Castillo Padilla nació en la Ciudad de México durante los primeros minutos del 13 de septiembre de 1980.

Tras sobrevivir al terremoto de 1985 fue llevado a vivir a la ciudad de Mérida, Yucatán, donde permaneció en casa de la tía materna hasta los 11 años de edad.

De vuelta en la Ciudad de México, gracias a un extraño capricho de la abuela, realizó los estudios secundarios y, posteriormente, el bachillerato en la Escuela Nacional Preparatoria # 5, donde conoció a Iván Vergara.

Intentó hacer la licenciatura de Químico Farmacéutico Biólogo pero tras la huelga estudiantil de 1999 en la Universidad Nacional Autónoma de México, en la cual participó, decidió estudiar finalmente la carrera de Lengua y Literatura Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la misma Universidad.

Comenzó a escribir poemas en 2005 y fue hasta 2006 cuando se presentó por primera vez en un recital poético al lado de Pablo Esquinca Ávila y Alejandro Herrera Arteaga, el cual dio a conocer El Manifiesto Inutilista, del que hasta el momento se ha investigado muy poco.

Actualmente trabaja en Poitiers, Francia, como profesor de lengua española.


SUENO CICLICO DE UN VIEJO AMOR

Otros nos suenan que se quieren tanto

como nosotros dos, también son duenos

de una alma prisionera por encanto

en este lado inverso de los suenos.

Para ellos el amor es un arcano

Tu y Yo que los unio desde pequenos;

nosotros, cosa rara, en cada mano

llevamos por error a otros defenos.

Absurdas les parecen las rencillas

y el modo titubeante de tocarse,

la gota que les corta las mejillas

y el miedo de estar solo al despertarse;

Contar las recurrentes pesadillas

de andar sin percibir el aguacero

y en vano ver pasar las maravillas

de algun lugar lejano y extrangero;

Volver a la ciudad siguiendo esquemas

cifrados entre hierbas y papeles

con la ultima esperanza en los poemas

que hiciste despintar de las paredes.

Si caigo en otro sueno del pasado

avanzo por la calle de Violalma

a verme en un triton que yace ahogado

con flores de nopal en cada palma;

observo los fachadas en detalle

sin dar con la corriente submarina

que al paso de una sombra que calcina

me pierde con la historia de esa calle.

El diario miedo absurdo de esos pasos

retarda los encuentros y ls citas

y vuelvo a despertarme entre unos brazos

distintos como un par Margaritas.

Tu aliento me revuelve la cabeza

envuelto en una mistica lejana,

espiritu que absorve la tristeza

mezclada con alcohol y mariguana.

Y tu sin darte cuenta de mis besos

te amoldas a mi cuerpo de ilusiones

y me hacen hormiguear hasta los huesos

estupefacientes exhalaciones,

donde nos vemos contemplar las tardes

cuando que la lluvia nos obliga al juego

de peones, caballeros y cobardes

mientras que vuelves a encender el fuego

que te circuanda con las luces fatuas

de mi carino en espiral de esquirlas,

que tu gobiernas con las riendas arduas

de quien no puede abandonar sus islas;

y en la penumbra de un rincon anonimo

abres la celda de tus labios fieros

para que sacien en tu amante projimo

la sed de desahuciados prisioneros.

Mas si me pierdes en la cita diaria

de multitudes que comparten cetro

en el imperio surrealista y paria

de hombres que se duermen en el metro

pones tus ojos en las nubes rojas,

en los reptiles y los seres viejos,

donde se inspiran las eternas cosas,

para encontrarme aunque me vaya lejos.

Y en el espejo de la doble escencia

(donde se cifra el inmortal idilio

del rojo que adolece por la ausencia

y el negro que se esconde en el exilio)

se ve la imagen unica y adversa

de un mismo ser atado a dos principios

por un reloj comun en la diversa

manera de existir en ambos sitios;

Por eso cuando duermes en mis brazos

hay otra que despierta con resaca

y siente en la incoherencia de sus pasos

que un triste la desea desde su hamaca.

Manana y tarde este espejismo doble

que arde, se propaga y se consume

(aunque esta soledad se nos desdoble)

como la esencia de un sutil perfume

que se dispersa con la nota incierta

de un ventarron sobre el perdido prado,

y aunque en exilio, nunca se despierta

del sueno eterno de tu amor sagrado.

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